martes, 19 de mayo de 2015

Releer la Innovación

Hoy contamos con una nueva colaboración en nuestro Blog: este artículo de Gabriel Mª Otalora - AECC.

El Manual de Frascati (OCDE) es un referente actualizado de definiciones básicas y de las actividades de I+D aceptadas por científicos de todo el mundo. En él se recogen las actividades consideradas de Investigación y Desarrollo (I+D) para que participen la ciencia y la tecnología en el desarrollo económico. Define la innovación como la transformación de una idea en un producto vendible, nuevo o mejorado, o en un nuevo método de servicio social. Las cursivas son mías.

Más adelante, se puso de moda el acrónimo I+D+i como signo de la unión en un único concepto de la investigación, el desarrollo y la innovación. Es lo que se lleva en la era global de las tecnologías donde economía, ciencia y tecnología van de la mano para optimizar los recursos. Pero ya casi han desaparecido los términos desarrollo (excepto como sinónimo de crecimiento) o innovación social, que solo queda apenas el nombre cuando debería considerarse algo esencial de la innovación. La parte positiva del I+D+i es clara: la irrupción de la domótica, los avances en la medicina, en las telecomunicaciones o en el abaratamiento de infinidad de productos con prestaciones impensables hace pocos años, y a un precio asequible.


El problema es que esta innovación no deja de ser parcial en la medida en que sus objetivos y fines no se centran en la mejora de la calidad de vida globalizada. Con tantas posibilidades de mejora como se dan, ¿por qué se quedan fuera sistemáticamente tantos millones de personas, que no tienen ni para sobrevivir? La innovación para ellos sería comer caliente todos los días, por resumir las pandemias, guerras y pogromos, que no están en ninguna agenda mundial de la innovación.

Existe, de hecho, un Índice Mundial de Innovaciónsobre la situación comparativa de la innovación en todo el mundo.En 2014 se analizaron 143 economías por medio de 81 indicadores, para evaluar sus capacidades y los resultados cuantificables en la innovación. Se confirma la persistencia de las disparidades a escala mundial. Se observa en las economías menos innovadoras problemas para seguir el ritmo al que progresan las economías situadas en los primeros puestos, incluso aunque logren avances considerables, con un número cada vez mayor de economías emergentes que no pueden seguir el ritmo de los países punteros. Y pierden talentos que no regresan a sus países de origen para innovar.

El problema es que la innovación no nos salvará sino lo que hagamos con ella. Innovar sí, pero ¿para quién? Para la mayoría. De lo contrario, la innovación será regresiva: ¿De qué nos sirve al 20% avanzar en lo material mientras nos deshumanizamos como personas indiferentes al sufrimiento del otro 80%? Esto es algo bien sabido, pero nos emperramos en que primero hay que llegar a Marte o disfrutar de unas sofisticaciones tecnológicas inmorales ya que la innovación -o quienes la fomentan- no es capaz de evitar la esclavitud infantil, la trata de blancas, la hambruna en tantísimos países. Ni los paraísos fiscales, que esconden el enorme negocio pestilente que trafica con las desigualdades del planeta.

Cada vez existen más avances y logros tecnológicos asombrosos que no tienen apenas incidencia en lo necesario para una vida digna de millones de personas cuando lo logrado por la innovación es suficiente para subvertir la situación.


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