martes, 14 de abril de 2015

Lobo ciego, Lobo sordo

Juan José Goñi Zabala.- Escuela de Diseño Social

Las fábulas que relatan historias de animales han constituido en el pasado un importante instrumento para enseñar -a los niños-,  los comportamientos aconsejables y sobre todo para establecer los elogios a las virtudes deseables y los reproches a los actos inmorales. Lo que nos ocupa hoy no es una lección de moral, ni mucho menos una fábula creativa. Lo que podemos aspirar a compartir es cómo una historia real de dos lobos, en circunstancias muy singulares, puede hacernos ver un nuevo enfoque a la forma en la que establecer las relaciones entre personas cuidadoras y personas cuidadas.

Innovar en las relaciones es una de las mayores formas de innovar en lo social. Podemos pensar en un nuevo enfoque de la relación entre cuidador y cuidado, buscando un cambio en la percepción de la dependencia o asimetría establecida. Una iniciativa más para dar respuesta a la situación de necesidad de atención personalizada y creciente en dimensión, que se ha de dar en los próximos años, sobre la población con un creciente grado de envejecimiento y enfrentada a la necesidad de resolver mejorando las correspondientes limitaciones de su autonomía personal.

La historia a la que me refiero es la narrada hace tiempo en un programa del mundo animal en la que el cuidador de un grupo de lobos -de un lobo-park- instalado en Antequera, se refería a la historia casual de dos lobos con dos problemas diferentes de autonomía. Resultaba que uno era ciego y el otro sordo. Para el primero la ceguera no sólo le limitaba para participar de la vida social con sus hermanos, sino más bien lo inhabilitaba para seguir viviendo con ellos. El lobo ciego sería agredido severamente por el jefe de la manada, por no poder responder a los gestos de poder -su lenguaje de jerarquía- que este emite a la espera de los correspondientes códigos de sumisión que espera de todos los que dependen de él. Por otra parte, el lobo sordo tenía otros problemas graves, aunque la falta de autonomía para este no era de la misma gravedad. La inserción en el grupo también hacía peligrar su alimentación regular, esta vez por la falta de respuesta a los gruñidos que forman parte del código de comunicación frente a la prioridad en la comida colectiva y en otros mecanismos de relación entre estos mamíferos. Los dos tenían un problema parecido en cuanto a su incapacidad de integración y riesgo grave de supervivencia en el grupo, pero los orígenes eran muy  distintos.


La idea genial del cuidador  del lobo-park, que era de hecho el jefe jerárquico de la manada de lobos -pues estos así le reconocian y respetaban-, consistió en hacer vivir juntos a los dos lobos inadaptados. A aquellos dos que tenían distintas dificultades sensoriales, pero que compensaban la disfunción que el otro poseía por la necesidad impuesta de sobrevivir. Y la idea dio buenos resultados. La convivencia era posible y sus vidas estaban mutuamente protegidas. Los sentidos de la vista y del oído eran poseídos en exclusiva por sólo uno de los lobos, si bien ambos compartían otros sentidos importantes que los hacían comunicables como el olfato, el tacto y el gusto. Principalmente los códigos comunes del olfato y del tacto bucal les permitían resolver problemas de localización mutua, búsqueda de comida, afecto y percepción de compañía, todas esas cosas que les eran negadas en la sociedad de los demás lobos integrados en la manada.

No se trata de hacer un paralelismo con la sociedad humana -ni mucho menos-, por lo que supondría de asimilación simplificadora con un comportamiento de animal social, y ausente de otros valores de solidaridad, sino más bien de tomar en consideración la relación entre cuidador y cuidado en la percepción psicológica de la persona cuidada. Hasta ahora, la relación persona cuidada y persona cuidadora es de dependencia, porque la persona cuidada dispone de menos recursos o alguna limitación en algún ámbito, que la persona cuidadora no tiene y por ello le provee de dichos recursos o de soluciones finales. La carencia se hace palpable en cada ocasión donde la atención recuerda este desequilibrio real. Y todos sabemos que la percepción de poder prestar ayuda a otros, el saberse potencialmente útil a otros y el poder ejercer esta capacidad en el entorno donde vivimos, nos reconforta la autoestima y nos predispone a sentirnos mejor.

En parte, sentirse bien con otros es una percepción de la capacidad para la interacción social gratificante, no es solo un hecho aislado del disfrute de deseos o de recursos. En definitiva de lo que se trata es sentirse mejor, aunque no estemos tan bien como quisiéramos, porque esto no siempre depende -como quisiéramos- de nosotros mismos. Esto de no estar tan bien como quisiéramos no es cosa de la edad, porque las carencias vitales ocurren en todas las edades, y más si cabe a partir de aquella en la que las circunstancias de la salud imponen a la persona una serie de limitaciones patentes. La reorientación constructiva hacia el sentirse bien entre otros, puede estar construida sobre la capacidad de ser útil en un doble juego de interrelación, aportación  y dependencia. Mi capacidad es la pieza que pongo a disposición de otro que actúa de manera simétrica en la atención a mi falta de capacidad, en otro campo de las habilidades motoras, sensoriales o intelectuales.

La cuestión que plantea esta reflexión es si es posible, no por el afán de disponer de mas recursos -cosa que sería evidentemente muy importante ahora que escasean-, activar la búsqueda de modelos de apoyo entre personas con limitaciones de autonomía en campos diferentes, es decir donde hagamos de la complementariedad un valor de utilidad reconocida y percibida por el otro, y de esta forma incentivar el sentirse útil, sentirse bien a pesar de no estar tan bien como quisiéramos.

Lobo ciego y lobo sordo es un campo de innovación y de organización social que entienda el término de complementariedad como base de un diseño social novedoso. No sólo en la capacidad superior, reconocida y valorada por los otros, sino también ante una falta de capacidad de otro que uno puede suplir con la propia y de manera recíproca. Porque el sentido de la utilidad a los demás, es sin duda la mayor fuente de contenido emocional para sentirse bien. En esta relación asimétrica en capacidades y simétrica en posiciones, es posible reconocer en el otro una fuente de oportunidades, para manifestar y hacer sentir el valor de las capacidades propias que cada uno encierra en si, al servicio de los demás. Es en definitiva sacar más valor de satisfacción en el empleo de las capacidades de cada persona dentro de sus limitaciones, al ponerlas al servicio de otro.

Las capacidades de unos pueden ser de valor si, quien las valora porque no las tiene, se siente bien en la reciprocidad reconocida, de que él aporta otras capacidades valoradas por el otro. Una nueva forma de entender la relación gana-gana tan poco habitual, porque es vista desde la carencia y la complementariedad simultáneamente. El campo de las limitaciones o dependencias en los espacios de la motricidad, lo sensorial y lo mental, ofrece toda una serie de aspectos en los que puede ser aplicable este sentido de lo complementario. Se abre un camino amplio a la integración de la interdependencia y la complementariedad, frente a las denostadas expresiones de la dependencia y de la igualdad.

Esto es aplicable a lo sensorial, al conocimiento, a las habilidades sociales, a los recursos y a lo emocional de forma que se refuerce el sentido de ser útil a otro por lo que se puede aportar y por tanto incrementar la autoestima, casi siempre contenida y no simétrica en una relación persona cuidadora con persona cuidada. En este caso, es esta última quien adicionalmente ocupa casi siempre un espacio sicológicamente inferior, muchas veces causante principal de un sentirse mal. El reconocimiento desde los otros de una capacidad real, desplegada en acciones y hasta el momento no valorada por nadie –pero que ahí esta-, son circunstancias movilizadoras de un estado de ánimo positivo de un siempre deseable sentirse bien, cuestión que debe llegar a todas las personas y circunstancias.





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