lunes, 23 de febrero de 2015

La ambición por el cambio social está anestesiada.

Hoy contamos con un nuevo artículo de "Ícaro" Juanjo Goñi, publicado el pasado fin de semana en el Diario Noticias de Gipuzkoa.

Conforme pasan los años, las opciones de cambio, ante crisis y oportunidades de todo tipo, son mucho menos ricas y todas se concentran en debates de índole económica y escasamente social. Hemos admitido muchos mantras socioeconómicos, que hacen pensar a todos igual con una pequeña diferencia de matices, pero con una reducida ambición de cambio hacia modelos sociales innovadores. Podemos repasar algunos de estos mantras - fórmulas que se pronuncian durante las ceremonias, en los rituales donde los gestos, palabras y pensamientos adquieren su máxima eficacia-, que todos oímos y admitimos. Por su repetición se hacen ciertos y anestesian nuestra capacidad de luchar por otros nuevos objetivos, lo que sería importante superadas ciertas etapas de desarrollo económico como las vividas en los últimos 50 años.

Uno de ellos es que la riqueza de un país se mide en el PIB y en los niveles de deuda pública y privada. Esta deriva hacia lo económico, que ignora otros activos sociales como la cultura, el bienestar, la confianza, la educación y otros más, hace que las aspiraciones personales  y el progreso en lo macro se centre en la economía. Este mantra obedece a una reducción mental de que todos los servicios y actividades que generan activos sociales, dependen de los presupuestos públicos y estos a su vez de los beneficios del trabajo y de las empresas.

Derivado de este pensamiento mantra econométrico se derivan otros también muy frecuentes tales como confundir lo social con lo público. Parece que todos los mecanismos de equidad, de solidaridad, de creación de cultura o de mejora del medio ambiente son responsabilidad del estado, o del aparato público, y que lo privado está para obtener beneficios económicos, a toda costa. Así cuando se nos presenta en los medios de comunicación una empresa importante, se exhibe cuanto ha ganado -retorno a los accionistas- y en absoluto que contribución ha hecho a otros activos sociales de su entorno.
Juanjo Goñi conversa con Begoña Etxebarria y Mercedes Apella en un Seminario Ícaro

Como resultante de esta forma de ver las cosas existe un cuarto poder en la estructura de un estado y sobre los estados, que es poder económico. Los otros poderes el legislativo, ejecutivo y judicial, dependen en sus estructuras y capacidades del poder económico, que determina con sus decisiones las cuentas de un estado, así como las capacidades de acción social y de transformación. Son las reglas de relación entre países en el campo de sus capacidades económicas las que convierten a los estados en prestamistas y deudores, y con ello participes de este mercado global al que todos se refieren.

Otro mantra limitante del progreso social es el camino que sigue la aplicación del conocimiento, la ciencia y la tecnología en la sociedad. La innovación, en la que depositamos la confianza de un futuro mejor, ha llegado para quedarse. Pero el camino elegido por unos y otros es que la tecnología se aplique primero en la economía, y después, y con los recursos del ejercicio de competir comercialmente por el saber entre empresas y países se obtengan recursos para lo social. Si la economía no va, la prestación social se desmorona. Así lo estamos viendo en las economías el sur de Europa y su solución en los ajustes de la mal llamada austeridad impuesta. No se reúnen los ministros de bienestar social o de educación para ver cómo avanzar,  sino los de economía.

La consecuencia política de este mantra es que los partidos de izquierda defienden sorprendentemente el incremento del consumo y el desarrollo urgente de las empresas, para poder luego vender como gran política social el limitado ejercicio de la distribución. Todos coinciden en el mismo camino, y ¿si cómo en el flautista de Amelín, no fuera el correcto?

También tenemos otro mantra en lo que entendemos por “los mercados”. Se trata esta de una economía de un “mercado sin mercaderes ni mercancías”. Para la mayoría, un mercado es un espacio de transacciones de mercancías entre personas que se encuentran el algún lugar durante algún tiempo. Esto que era así hasta hace 40 años incluso en los mercados de intangibles, como el dinero de la bolsa, hoy esta sublimado a través de la tecnología digital. Los ordenadores que sustituyen a los mercaderes y a las mercancías, y que generan una dinámica de operaciones financieras actuando los 86400 segundos de cada día, a millones de operaciones por segundo, de manera sucesiva en todas las bolsas del mundo. Esta economía especulativa supera en miles de veces la economía productiva, que los ciudadanos entienden como “mercados” y obedece a impulsos de movimientos especulativos e información restringida, que vale mucho.

Rodeando todos estos mantras de origen económico, destaca otro que apenas tiene contrarios que es el culto al gigantismo. “Lo grande es bueno” por su capacidad de influencia e impacto sobre lo pequeño. Tan cierto es que “El pez grande se come al chico” como que el virus mata a la ballena. Este mantra del gigantismo como lo mejor, obedece a una cultura histórica de dominio entre individuos, y a la capacidad de acción de lo grande y su eficiencia productiva. Pero a nivel de la persona y de lo social,  lo próximo, lo cercano y lo personal operan justo con los parámetros opuestos del valor de lo pequeño. Sólo hay que pensar en el tamaño de un hospital o una clase de alumnos.

No es fácil deducir a dónde nos llevan estos falsos supuestos que unos y otros comparten sin la menor duda, pero nos anuncia un difícil despertar de esta alta dosis de anestesia, que la economía ha inyectado en los objetivos de desarrollo social. Ni los más avanzados en las propuestas políticas abandonan estos mantras. No hay más que oírles. Y es así porque estos mantras y otros, están muy bien instalados en la educación universitaria, en la gestión de los recursos sociales, en la organización empresarial y en las relaciones del sistema del conocimiento con la innovación y la sociedad. Por ello se perpetúan y se fijan consolidando posiciones, creando leyes y limitando los necesarios debates ante situaciones que requieren abrir horizontes sociales más creativos, fruto de un inminente cambio de época.

Como siempre los cambios vienen desde lo pequeño y estos inicios progresan cuando el conjunto de lo que era entra en crisis. Estamos llegando a este punto, pero necesitamos más despertadores sociales, que construyan nuevos modelos de relaciones y una mayor visibilidad de la decrepitud de lo instalado. Sólo desde esta conciencia de que hay otros espacios posibles, que generen deseo de futuro mejor para los que vienen, los ciudadanos se arriesgan a apostar y a hacer real el cambio, en sus mentalidades, actitudes y comportamientos.


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