martes, 19 de junio de 2012

La desoccidentalización del mundo (y II)


Después de Occidente, ¿qué orden mundial?

Por Christophe Jaffrelot, director de investigación del CNRS (Centro nacional de investigación científica, en sus siglas en francés) y Pierre Hassner investigador asociado en la Facultad de Ciencias Políticas

El autor del artículo juzga el mundo mucho menos "desoccidentalizado" desde el punto de vista de los valores políticos, que desde el punto de vista de los modelos económicos, ya que , pasando de la economía política a las relaciones internacionales, Christophe Jaffrelot considera que los conceptos occidentales perduran en el orden político. 

La presidencia francesa del G20 ha demostrado mientras tanto la mayor presencia de los países emergentes, que parecen hoy día decididos a que no se tome ninguna decisión internacional sin ellos, o lo que es lo mismo, que las decisiones tomadas sean conformes a sus intereses. Algunas referencias históricas mencionadas por Jaffrelot limitan el camino recorrido por los famosos “BRIC” (apelación de 2003 de Brasil, Rusia, India y China) convertidos luego en los “BRICS” (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Una primera reunión en Rusia, que pasó inadvertida en 2009, les ha permitido lanzar una “simple” llamada a un mundo multipolar. En una segunda reunión en Brasil en 2010 estos países se han centrado en  discusiones geoestratégicas donde no se trataba tanto de proponer soluciones como de decir lo que no era preciso hacer (como referencia la oposición a las sanciones contra Irán). La dimensión política de estas reuniones se ha desvelado plenamente evidente con la organizada en China en 2011 a partir de una invitación de África del Sur. Constituir una de las fuerzas no occidentales del mundo es a partir de ahora el criterio de pertenencia al “club”.

Los países emergentes agrupados en esta nueva configuración han denunciado claramente iniciativas votadas en la ONU por los países occidentales. Sin embargo, su visión del mundo es mucho menos homogénea de lo que podría creerse. Por parte de estos países, hay ciertamente una voluntad compartida de convertir su peso económico en potencia política dentro del contexto de sociedades muy polarizadas, en las que por un lado están las élites fuertemente globalizadas y por otro lado una pobreza masificada que perdura. El deseo de desalojar a Occidente de las posiciones de poder que todavía ocupa, a fin de redibujar el orden mundial existente, encuentra sus raíces en una forma de resentimiento donde una “capacidad de contaminar” está destinada a impedir a Occidente dominar el juego cuando todavía puede hacerlo.


Continúan sin embargo prevaleciendo varias concepciones “clásicas” de las relaciones internacionales. Los liberales saludan la integración de un país emergente como China en el concierto internacional, que hará de ella un “stakeholder” honorable y competente. Se deriva de ello una nueva polaridad Norte contra Sur tal como la descrita por el profesor de Harvard Samuel Hungtinton. Otro análisis describe una lucha por la hegemonía entre EE.UU y China salida de una multiplicación de centros de poder a nivel mundial. Si bien no se trata tanto de hablar de multipolaridad como de a-polaridad. P. Hassner prefiere este término “a-polaridad” y recoge el análisis anterior como una desconfianza de los países emergentes hacia ciertos principios del derecho internacional en los que ven un medio de prolongar el imperialismo occidental. Estima también que los países emergentes están muy sujetos a la supremacía del Estado o de la comunidad, y no a los conceptos de “comunidad internacional” o “gobernanza mundial”. Invita Hassner a no subestimar los conflictos entre países emergentes, la “flexibilidad” o la “fluidez” que resultan de sus posicionamientos. Refiriéndose a los recientes trabajos de Charles Grant, director del Think Tank británico Centre for European Reform, indica que si China se muestra hoy en día interesada por una evolución de la gobernanza económica mundial, Rusia mantiene una forma de responsabilidad compartida sobre cuestiones de seguridad con los Estados Unidos. Pero esta causa no encuentra más que indiferencia por el lado chino. 

Las consecuencias de esta mutación para Occidente son delicadas de evaluar. Hassner avanza la hipótesis, junto con la de una nueva forma de guerra fría frente a frente, de un recrudecimiento de la anarquía. El pasaje de un “universalismo europeo” al “universalismo plural” querido por el sociólogo de Yale, Immanuel Wallerstein, por la intermediación de un diálogo entre “antiguos” y “modernos”, o apoyándose en tradiciones democráticas comunes (entre Europa e India, como ha querido demostrar Amartya Sen), queda para él como una utopía que no se convertirá en realidad más que al precio de tensiones muy importantes.

La desoccidentalización sin la regionalización

Por Hubert Védrine, antiguo ministro de asuntos exteriores 

Para comprender el proceso histórico en curso, la verdadera referencia no es la caída del muro de Berlín sino la desaparición de la URSS en 1991. Ha seguido a este acontecimiento un periodo de 10 años de euforia en los que Occidente se ha visto dueño del mundo y ha vuelto a creer, injustamente, en el concepto  vacío de “comunidad internacional”. El largo túnel de “la guerra contra el terrorismo”, desencadenado por Bush después de los sucesos del 11 de septiembre de 2001, ha conducido a Occidente desgraciadamente a centrarse en esta problemática y a ocultar el verdadero fermento del cambio, precisamente el fin del monopolio del poder antes detentado por Occidente. Sin una comprensión histórica fina, las negociaciones no pueden ser hoy día más que laboriosas con las potencias emergentes, o más bien reemergentes, con excepción de Rusia que Védrine rechaza alinear en la categoría de los “BRICS”. Él cree que el spleen de un Occidente cogido a contrapié en un mundo que ya no controla más explica la degeneración de una parte de los Republicanos americanos con los Tea parties. Otro error, según Hubert Védrine, consiste en creer que los países emergentes forman un conjunto homogéneo que puede decidir en lugar de Occidente. Estos países sufren desventajas reales mientras que el crecimiento de 2 cifras está detrás de ellos. No se limitan a los 5 que se citan siempre pero representan a un grupo compuesto de 50 o 60 miembros con todas las disensiones entre ellos que eso supone en una nueva forma de “pelea mundial”.

Védrine plantea la constatación de una desoccidentalización relativa en la que los Estados Unidos conservarán una forma, ciertamente atenuada, pero forma al fin de líderazgo. La paradoja se sitúa en la apropiación por los países emergentes de técnicas económicas puestas en marcha por Occidente, pero también de sus ideas. Occidente no puede extraer de ello gloria o vanidad porque la democracia no es en verdad ya su herencia. La democracia no se ha convertido más que en “una vía entre otras de la modernidad” para los países emergentes, según H. Védrine, refiriéndose a sus críticas de los fallos como la parálisis del sistema político americano en razón al desmoronamiento de la financiación de las campañas electorales por la Corte Suprema. Se augura en particular una influencia occidental casi nula, de cara al devenir de las revoluciones árabes.


Hay que tomar conciencia de todo esto, pero sin caer en el arrepentimiento y todavía menos en la expiación geopolítica. Si bien la Unión Europea ha realizado grandes cosas, no es y no ha sido jamás, un modelo para el resto del mundo. Védrine echa de menos una respuesta occidental insuficientemente sólida para las inquietudes de las poblaciones. El enfoque occidentalista llevado por los neoconservadores americanos es erróneo. Ven en Occidente una entidad amenazada por el mundo musulmán, incluso cuando no es islamista, y por el desafío chino. Toda divergencia sobre el plan diplomático se encuentra prohibida y una política extranjera más autónoma, como la dirigida en Francia bajo la 5ª República, no puede ser considerada más que como una amenaza. Una visión tal, agrava el riesgo de un enfrentamiento entre civilizaciones, a evitar a cualquier precio, y precipita una apuesta sobre la línea de Occidente.

El discurso del primer año del Presidente Barack Obama (su práctica de un centrista hábil) es para Védrine la hoja de ruta posible para los próximos 20 años. Supone “reaprender” el mapa del mundo y conocer más precisamente los intereses particulares de tal o cual país.
En todas las reuniones internacionales (G20 y otras) y sobre todos los temas, el ideal reside en la búsqueda de un consenso entre “grandes Europeos” compatible con la agenda americana. Una posición como ésta debe igualmente poder reunir a uno o dos de los “grandes emergentes”, pero también algunos de talla más reducida. Eso impedirá toda coalición de estos últimos. Occidente no tiene vocación de abandonar pura y simplemente el terreno internacional y el dominio de la mundialización concluye el informe. 

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