- El papel de la educación en la formación de personas para el escenario 2050.
- Revalorización del papel del formador: enseñar a los/as maestros/as a enseñar.
- La educación como un esfuerzo comunitario.
El papel de la educación en la formación de personas para el escenario 2050.
En el III Informe Bienal de NSF (a cuyo contenido pueden acceder desde este Blog) hacíamos nuestras las palabras de Federico Mayor Zaragoza[1] cuando afirmábamos que la educación es “la fuerza del futuro” porque constituye uno de los instrumentos más poderosos para realizar el cambio en la sociedad del conocimiento que nos toca vivir. Nos encontramos, por tanto, con el desafío de averiguar cómo suministrar a las jóvenes generaciones las herramientas necesarias para interpretar la realidad, los conocimientos y competencias que la transformen, y los modelos éticos que los erijan en las personas que lleven a cabo la Revolución Humana.
Y es que la construcción social implica una especial atención a la educación como vehículo de transmisión de valores y en la formación de la ciudadanía en todos los niveles: una educación básica de alta calidad favorece la posterior participación en la educación post-secundaria y en el mundo del trabajo[2]; el emprendizaje de los jóvenes tiene que fomentarse desde la educación secundaria favoreciendo la generación de ideas por pequeñas que sean; la
educación superior debe estar alineada con los avances y las necesidades sociales manteniendo su espíritu crítico y humanista.
Eduard Punset[3] nos dice que la revolución educativa se sitúa por delante de la revolución científico-tecnológica, que es el gran reto de los próximos años y que está llamada a transformar nuestras sociedades: “Los esfuerzos venideros en materia educativa apuntarán a reformar los corazones de la infancia y la juventud, olvidados por la obsesión exclusiva en los contenidos académicos. Se trata de fomentar la inteligencia social y no sólo la individual, hacer que sirva para concatenar cerebros dispares y distintos, tomando buena nota de sus diferencias étnicas, culturales y sociales”. Por ello es tan importante que la educación llegue a cada ciudadano y ciudadana del mundo, y es uno de los Objetivos del Milenio en el qué más esfuerzos se han volcado.
La revolución educativa tiene un potencial transformador de gran envergadura y por tanto no menos urgencia: los jóvenes que comienzan la educación superior este año estarán en el escenario 2050 comenzando a planear su jubilación; para entonces deberemos haberles dotado de todas las herramientas con las que ejercer responsablemente su papel en la Revolución Humana.
Revalorización del papel del formador: enseñar a los maestros a enseñar.
“La letra con sangre entra”, dice el refrán. Sí, pero con la de los maestros, añadía María de Maeztu, perteneciente a la Institución Libre de Enseñanza[4] y fundadora del Instituto-Escuela de Segunda Enseñanza.
Porque el objetivo del profesorado no debe de ser tanto aportar contenidos académicos, como conseguir educar una ciudadanía para el mundo globalizado. Ciudadanos cuyo amor por la sabiduría les lleve a alcanzar las cotas de conocimiento necesarias para poder ayudar a otros a desarrollarse a su vez.
“Fíate
del mensaje del maestro, no de su persona; fíate del sentido, no solamente de
las palabras; fíate del significado definitivo, no del significado provisional;
fíate de tu espíritu de sabiduría, no de tu mente ordinaria”[5]
Se sabe que los aprendizajes del alumnado dependen del trabajo que la escuela les propone hacer y que este trabajo es asimismo dependiente del esfuerzo de los profesores. Condicionados durante mucho tiempo por los procedimientos y medios didácticos tradicionales y constreñidos o dejados a la libre iniciativa de cada profesional, las prácticas pedagógicas y estilo del educador tienen hoy en día una atención reforzada: se estudian mediante la investigación, se observan para ser evaluadas por la jerarquía y las autoridades políticas encargadas de la educación. Se pone el acento en la autonomía de los centros, la capacidad de los actores, la investigación de la eficacia por la comparación de los resultados locales con los objetivos generales de la institución.
Por otro lado, la escuela quiere dar garantías intermedias de fiabilidad estandarizando sus programas, sus métodos, sus instrumentos de evaluación, sometiendo pues a los maestros a lo paradójico de conformar sus iniciativas por parámetros a seguir definidas en otra parte. El trabajo pedagógico puede finalmente encontrarse cogido por pinzas entre el control de resultados y el de los medios, la competencia entre las personas y la generalización de las “buenas prácticas” por una inspección meticulosa.
El profesor André Antibi[6] propone ensayar un nuevo estado de evaluación que premie el trabajo y el aprendizaje del alumno en lugar de “poner trampas donde cazar al más débil”. Y es que, en su opinión, “algunos profesores ponen malas notas por la presión social”. Parece que no está bien visto que un profesor ponga buenas notas, parece que no es un buen maestro al no ser lo suficientemente duro. Pero el profesor tiene que formar, no seleccionar, y para ello lo que debe de hacer es explicar lo que va a salir en un examen, no poner trampas. En Francia este experimento ha elevado la nota promedio de la evaluación y, sobre todo, ha conseguido la confianza del alumno en el profesor.
Sin embargo la práctica en la mayoría de los sistemas nacionales de educación no camina en este sentido: se ponen trampas, esquemas rígidos, se priman los contenidos que demanda el mercado y se penaliza el error. Afirma Ken Robinson[7] “Los niños no tienen miedo a equivocarse”, por tanto la escuela no debería inculcarles el miedo al fracaso, sobre todo teniendo en cuenta que para poder alcanzar el escenario 2050 necesitaremos de toda la creatividad e ideas que podamos generar ahora.
Un esfuerzo comunitario.
Además de la revalorización del papel del maestro y la revisión de los métodos pedagógicos en la escuela, la revolución educativa necesitará del impulso de toda la sociedad. Pues si la educación no es otra cosa que la suma de instrucción y formación del carácter, mientras la primera depende del sistema educativo básicamente, la segunda depende sustancialmente de la familia, y las familias necesitan referencias firmes en las que apoyar sus recursos educativos.
“Para educar a un niño, hace falta toda la
tribu”[8]
Si queremos ciudadanos libres y activos, el espacio público debe asumir una vocación educadora y comprometida con los cambios en las pautas de comportamiento.
REFERENCIAS
[1] Alto Funcionario Internacional español. Catedrático de Bioquímica. Ex Director General de la UNESCO (1987-1999).
[2]European Commission, “European Research on Youth”. 2009.
[3] Jurista, economista, escritor y divulgador científico español.
[4] La Institución Libre de Enseñanza o ILE fue un famoso intento pedagógico que se realizó en España, inspirado en la filosofía de Karl Christian Friedrich Krause (Krausismo) que tuvo una repercusión excepcional en la vida intelectual de la nación, en la que desempeñó una labor fundamental de renovación. Fue fundada en 1876 por un grupo de catedráticos (Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Teodoro Sainz Rueda y Nicolás Salmerón, entre otros) separados de la Universidad Central de Madrid por defender la libertad de cátedra y negarse a ajustar sus enseñanzas a cualquier dogma oficial en materia religiosa, política o moral.
[5] Dalai Lama es líder espiritual del Budismo tibetano. Actual dirigente del Gobierno Tibetano en el exilio.
[6] Profesor y experto francés en Didáctica.
[7] Sir Ken Robinson es especialista en creatividad, inovación y recursos humanos. Trabajó con empresas del ranking Fortune 500 y asesoró al gobierno inglés y al de Singapur sobre estrategias para el desarrollo de la creatividad. Es autor de los libros Out of Our Minds: Learning to Be Creative y The Element: How Finding Your Passion Changes Everything (lanzado en diciembre de 2009, se tradujo a 16 idiomas y figuró entre los más vendidos en las listas de The New York Times). Fue profesor en la Universidad de Warwick y actualmente es asesor senior del J. Paul Gety Trust en Los Angeles.

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