jueves, 11 de agosto de 2011

Es necesario globalizar la ciencia y el conocimiento para progresar hacia la igualdad económica y social

Estos días he sacado de mi biblioteca un libro que tenía casi olvidado y que lleva el título “The Discipline of Curiosity – science in the world”, y que ha sido editado en 1990 por la editorial Elsevier. Me lo regaló esta editorial en la época en que fui corresponsal (no remunerado) en España para su revista “Journal of Applied Catalysis”. En el libro, de tres autores, Janny Groen, Eefke Smit, y Juurd Eijsvogel se entrevista a quince líderes de opinión (*) (figuras prominentes de la política internacional, de los negocios, de los medios de comunicación y de ciencias) para dar su visión sobre el papel de la ciencia en la sociedad global. 

¿Por qué comentar hoy un libro sobre ciencia escrito hace 21 años? Muy simple, al volver a leer ciertos capítulos me parecía que podrían haber sido escritos hoy y es decepcionante constatar que se ha evolucionado poco y que el papel de la ciencia en la sociedad ha estado en un segundo o tercer plano, cuando sin la ciencia no hay desarrollo posible, sobre todo y en particular en los países pobres o en fase de desarrollo. Una prueba de que el libro sigue siendo actual es que todavía hoy se vende en las librerías.
Ya en la Introducción al libro, Juurd Eijsvogel, editor principal, dice que la disciplina de la curiosidad, como se podría llamar a la ciencia, no es solo una disciplina de formas, de métodos y de significados, es también una disciplina de finalidades; finalidades políticas, morales, culturales y comerciales. Cita a uno de los entrevistados, Federico Mayor Zaragoza que entonces era Director General de la UNESCO, quien dice: “Cada día vemos una mayor cientificación del proceso de toma de decisiones. Y estoy convencido que esto continuará” y continua diciendo que si los responsables de tomar decisiones quieren basar su política en datos científicos, tienen que tener acceso al enorme depósito de conocimiento científico que hay en el mundo. Pero ellos no hablan el idioma de la ciencia, como tampoco los científicos saben expresarse en el lenguaje de los que toman las decisiones. Por consiguiente, la comunicación entre la ciencia y la sociedad sigue siendo defectuosa. Dice Eijsvogel que el valor de la información está en la capacidad de estar comunicados. Mientras el suministro de información científica adecuada permanece estancado, estamos derrochando tiempo, dinero y creatividad.
Eijsvogel cita a Erich Bloch, ex director de la National Science Foundation de los EEUU, quien dice que “nuestra sociedad se va reestructurando completamente en la medida en que cada país y cada economía dependerá más del conocimiento que antes. Antes los países dependían fuertemente de los recursos naturales. Ahora la competitividad económica de un país dependerá más de los recursos humanos, de las personas.” En otras palabras, el poder económico vendrá cada vez más de la maximización del intelecto humano.
Otro entrevistado, Robert Solow, Premio Nobel de economía, habla en el mismo sentido y cuenta: “Cuando era un estudiante, se suponía que la ventaja competitiva de un país dependía principalmente de sus recursos naturales: el clima, su localización, su cercanía a las materias primas y a los mercados.” Hoy la ventaja comparativa es algo que una nación o una industria crea por sí mismo, dice Eijsvogel. Esto se puede conseguir aprendiendo, aprendiendo de otras personas, de otras empresas o de otros países. Pero no cada uno es capaz de participar en esta carrera muy costosa hacia una ventaja comparativa. El peligro de una distribución desigual del conocimiento no es del todo un fenómeno nuevo, pero los desarrollos muy rápidos de la ciencia y de la tecnología hacen que la situación para los que se quedan atrás es más y más desesperada. A pesar de los muchos esfuerzos para llenar la brecha a nivel nacional igual que a nivel global, se está aumentando siempre más rápido.
Algunos temen que la sociedad puede estar polarizada según las líneas de la educación, que habrá gente que tiene aptitudes técnicas y otros que no. Estos hombres y mujeres técnicamente iletrados no serán capaces para formar sus propias opiniones, no seguirán participando en el proceso democrático, porque no han aprendido a comprender. Puede que solo ven la ciencia como única vía para solucionar todos los problemas. Y esto crea naturalmente un problema, porque la ciencia no es omnipotente.
Los países en desarrollo carecen a menudo de los instrumentos más básicos para la ciencia y la educación… Científicos africanos ríen amargamente con la idea de que se les llame científicos. Ni ellos ni sus universidades pueden permitirse de suscribirse a revistas científicas o a boletines profesionales publicados fuera de su país. Eijsvogel cita a Seun Ogunseitan, corresponsal en Nigeria del periódico inglés The Guardian, quien dice: “Mucha gente en nuestras universidades no están seguros sobre cuál es el estado de la ciencia” Tienen que basarse en lo que les informa la prensa nacional, sus amigos o la revista TIME.

Dice el editor que muchos de los quince entrevistados están altamente preocupados por el peligro inminente que supone la siempre aumentando brecha entre los países industrializados y el tercer mundo. Robert Solow opina que cada uno y cada país debe ser capaz de aprovecharse de las fuentes científicas. Y para los países pobres también es esencial disponer de científicos, afirma Federico Mayor Zaragoza. En el capítulo dedicado a la entrevista con él, Mayor Zaragoza dice: “La mayor disparidad hoy (¡en 1990!) entre los países industrializados y en desarrollo está en la inversión en investigación y desarrollo. Algunos países en desarrollo están invirtiendo bastante en educación, pero cuando se trata de la ciencia, hay una brecha grande entre ellos y el mundo desarrollado. Muchos países en desarrollo consideran que es más fácil comprar tecnología en el extranjero. Pero yo sigo repitiendo que la investigación, que esté realizada por científicos nacionales o extranjeros, tiene que ser pagada de una forma u otra. La ciencia aplicada necesita a la ciencia básica para ser aplicada. Mi respuesta a los ministros de los países en desarrollo que proclaman que hay que reforzar la ciencia aplicada, es, que la ciencia aplicada no existe, solo la ciencia que se puede aplicar. Por eso debes contribuir, aunque sea de forma modesta, al desarrollo de la ciencia.” Federico Mayor Zaragoza opina que debemos apostar por la solidaridad. Algunos centros de investigación en el Norte tienen acuerdos bilaterales con centros en el Sur. Varias asociaciones de científicos en el mundo desarrollado podrían establecer acuerdos de intercambio, y las universidades podrían llegar a arreglos que dan acceso a bibliografías, equipos, cursos de formación, y otros parecidos.
Esto se escribió y se dijo hace 21 años. ¿Dónde estamos hoy? ¿Hemos progresado? En otro post de este blog hablábamos de los vínculos entre la Universidad de Lovaina y la de Kinshasa en la República Democrática del Congo. ¿Hay otros casos? En la prensa se lee muy poco o nada sobre este asunto tan importante. No parece que es noticia… También es verdad que la situación política y la seguridad ciudadana en algunos países africanos no han sido muy favorables para su desarrollo científico y para una colaboración y un intercambio científico Norte-Sur.

(*) Aparte de los ya mencionados, otros entrevistados eran: Alexander King, presidente del Club de Roma en ese momento; Harry Beckers, investigador jefe de la Shell; Etienne Davignon, que ha sido vicepresidente de la comisión Europea; Hisao Yamada, director de I+D del Centro Nacional para el Sistema de Información Científica del Japón; el alemán Rudolph Bernhardt, director del instituto Max Planck del Derecho Público Comparativo; Roger Penrose, profesor de matemáticas de la Universidad de Oxford; el sueco Kai Siegbahn,  Premio Nobel de Física; Shigeo Minowa, director del Instituto de Negocio y Gestión Internacional de la Universidad de Tokio; John Maddox, editor de la revista Nature.

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