martes, 3 de mayo de 2011

NSF entrevista a la filósofa Rosa Mª Rodriguez Magda


Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, Doctora cum laude en filosofía y Premio Extraordinario de Doctorado por la Universidad de Valencia.
Catedrática de Filosofía, ha sido profesora invitada, entre otras universidades, en l’Université de Paris VIII- incennes à Saint-Denis, Université Paris VII, Université de Paris-Dauphine, Universidad Autónoma de México, Universidad
de San Juan en Río Piedras
(Puerto Rico), New York University, etc. Desde 1996 y hasta su extinción en diciembre de 2003, Directora Cultural de la Fundación Valencia Tercer Milenio - UNESCO. Actualmente Directora del Aula de Pensamiento de la Institució Alfons el Magnànim y de la revista Debats. Miembro del Consell Valencià de Cultura.



En NSF creemos firmemente que el devenir de los últimos tiempos no es más ni menos que el fruto de la quiebra de los códigos éticos heredados, que la postmodernidad, si bien favorece la revalorización del individuo como sujeto activo para buscar su felicidad, nos ha sumido en un universo “del todo vale” por delante del bienestar común, si a las causas de la actual crisis económica nos remitimos. ¿Cómo observa usted el momento que vivimos desde su posición de
filósofa?


Considero que, efectivamente, nos encontramos en una situación gnoseológica y social diferente, que requiere un nuevo paradigma “transmoderno”. El discurso postmoderno ejerció una crítica necesaria frente a una Modernidad satisfecha e ingenua, pero generó un relativismo cultural. Es necesario recuperar los retos pendientes de la Modernidad (emancipación, justicia, igualdad, libertad…) asumiendo las críticas postmodernas. El pensamiento débil parecía un andamiaje suficiente en la sociedad tecno-eufórica del individualismo hedonista, de la sociedad de la abundancia, de la globalización entendida como pensamiento único. Pero el llamado choque de civilizaciones y posteriormente la crisis económica, nos exige trascender las visiones “post” para establecer ideales regulativos, valores innegociables, que al menos de una forma táctica nos salven del nihilismo, y refuercen una ciudadanía comprometida. La crítica de la Modernidad pretende ser utilizada por algunos como descalificación generalizada de la cultura occidental, lo que nos torna inermes para enfrentarnos a repliegues identitarios, fundamentalismos
pre-modernos, integrismos religiosos o totalitarismos políticos.


¿La vuelta a la búsqueda de una ética global puede ser una acción factible en los próximos años? ¿O por el contrario el mundo va a continuar sufriendo crisis basadas en el “innoble” comportamiento de algunos/as?

En primer lugar habría que definir claramente qué entendemos por “ética global”. Una retórica vacua del “derecho-humanismo” encubriendo la explotación de los poderosos frente a los más débiles, cerrando los ojos por cálculos geopolíticos y económicos ante las injusticias y los regímenes totalitarios, disfrazando de tolerancia multicultural la aceptación de integrismos que conculcan la libertad e igualdad de los individuos, no es sino angelismo o cinismo. Urge una ética global que establezca el respeto a los Derechos Humanos como pacto mínimo, pero estricto y firme. La racionalidad democrática es perfectible, pero siempre desde la transparente separación entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y la participación efectiva de una sociedad civil de ciudadanos libres e iguales.

Con los aires de la globalización estamos constreñidos en un sistema del que dependemos pero sobre el que no tenemos influencia directa. Ni los gobiernos, ni los movimientos de protesta parecen tener mecanismos de control, pero comúnmente se afirma “mal de muchos consuelo de tontos”, y desde NSF nos oponemos a la idea de no poder hacer nada. ¿Qué mecanismos se pueden poner en marcha a través de la acción de diferentes organizaciones: empresa, universidad, gobiernos, tercer sector,… para el cambio de modelo, para el cumplimiento de unos parámetros éticos asumibles por todos?


Previamente habría que deshacer toda una maraña de tópicos que operan como ideales normativos encubiertos. El que se acepte que no hay fundamentos divinos, naturales o metafísicos evidentes para nuestros postulados no quiere decir que todo sea lo mismo. Aún corriendo un velo de ignorancia sobre la diversidad de nuestras creencias, existen una serie de certezas atesoradas empíricamente. Es mejor el saber que la ignorancia, la razón que el fanatismo, la libertad que la sumisión, la igualdad que la desigualdad, la participación que la exclusión, la realización personal que la frustración, la felicidad que el sufrimiento. Y los regímenes y las culturas que se hayan comprometido democráticamente con estos logros son mejores que aquellos que los vulneran. Como europeos, debemos sentirnos orgullosos sin paliativos de una tradición que, con sus luces y sus sombras, ha posibilitado la autocrítica para seguir avanzando en ellos. No cabe el auto-odio, ni el chantaje multicultural, ni la moratoria temporal de estos valores en función de un supuesto futuro más pleno.

Una vez firmes en estos parámetros éticos, sería necesario implementar nuestra adhesión emocional a la acción cívica. Para ello urge poner las bases de una regeneración del sistema democrático, agilizar los mecanismos de representación política. Potenciar la iniciativa y la excelencia, incentivar el esfuerzo, acrecentar el dinamismo de
las redes sociales de cooperación e intercambio. La eficacia, los logros, la posibilidad de desarrollar nuestras potencialidades no deben considerarse como sospechosos de competitividad insolidaria, sino como el estímulo necesario de todo cuanto es vivo y genésico. La independencia de criterio es a la vez la base de la innovación y del juicio crítico y autónomo. La facultad de interactuar con otros es un requisito imprescindible para el desarrollo, a la vez que posibilita el enriquecimiento personal, nos hace más flexibles, menos rígidos mental y vivencialmente.





Como bien sabe la misión social de NSF es la inserción socio laboral de las personas jóvenes. En este sentido, ¿dónde situamos a las nuevas generaciones? ¿Cuál puede ser su papel en el establecimiento de un nuevo modelo ético social y global? ¿Cómo se sitúan con respecto generaciones precedentes?


Si aceptamos la caracterización sociológica de lo que se ha dado en llamar “generación y”, observo una generación más globalizada, sociable, abierta, que ha dedicado mucho tiempo a su formación y al ocio. El principal problema es que hemos mantenido una juventud postmoderna, cuando el momento de su incorporación a la vida adulta ya no lo es. Han vivido en una burbuja artificial, y su acceso a la realidad puede ser mucho más duro, pues el que durante ese periodo, alargado más allá de una ajustada cronología, hayan tenido que enfrentarse a menos dificultades, ha hecho que no elaboren las estrategias teóricas y prácticas de supervivencia que fueron habituales en generaciones anteriores.

No han tenido que enfrentarse a un régimen político opresivo, por lo que suelen carecer de una conciencia política activa y mucho menos militante. Ni en la escuela, ni en la familia han sufrido una jerarquía disciplinaria que les obligara a rebelarse. Las coerciones morales o religiosas han sido mínimas. Sus padres, aún en las clases más modestas, han intentado no frustrar sus expectativas de consumo. No han asumido responsabilidades ni laborales, ni domésticas.

Pero la realidad en estos momentos es hostil, y más tarde o más temprano tendrán que enfrentarse a todas las dificultades que sus mayores les han pretendido evitar. El trabajo se convierte en una prolongación de los
estudios, hacen prácticas laborales, en donde se les exige que sean los más aptos, pero como una continuación de su formación, con unos emolumentos que no les permiten independizarse de la ayuda familiar. Los estereotipos de género se mantienen en el mundo laboral, y también cuando inician una convivencia, en el reparto de las
tareas domésticas, cuidado de los hijos… Ni a corto ni a largo plazo parece que puedan alcanzar por sí mismos el nivel de vida en que fueron criados. El paro o un trabajo inferior a su cualificación puede llevarles a una baja autoestima. El afán por conseguir un puesto de trabajo escaso puede hacerles caer en una espiral de competitividad y dedicación agotadora. Más allá de esa edad juvenil alargada, la mayoría no ha solido desarrollar fuertes identidades colectivas de pertenencia: políticas, religiosas, culturales, asociativas… que pudieran servirles de apoyo y tránsito a la edad adulta. Unos luchan con denuedo por hacerse un sitio en la sociedad, mientras otros esperan que les sea dado lo que debiera corresponderles. Sería deseable que la complicada situación económica
no creara guetos de frustración y resentimiento entre nuestros jóvenes.

Ellos están preparados para generar un nuevo modelo ético social y global, pero ello será imposible si se siguen encontrando con un medio muy adverso.
Los más privilegiados, aquellos que se inserten en un medio laboral con posibilidades de progreso, tendrán que enfrentarse al reto de construir Europa, y para ello bueno será reflexionar sobre cuál pueda ser la identidad europea, su historia, sus valores, en un presente en que la globalización puede ser una riqueza de apertura, pero también una agente homogeneizador que desdibuje quienes fuimos y quienes alguna vez, como pueblo quisimos ser.

2 comentarios:

  1. Me ha parecido una entrevista de lujo, hacía tiempo que no leía una entrevista tan interesante, donde se refleja la realidad de los jóvenes en toda su extensión. Nos retrata una realidad social deficitaria de planteamientos éticos y desubicada en cuanto a los más jóvenes. Gracias.
    La gaditana.

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  2. Laura Simónmayo 04, 2011

    Gracias por la apreciación, en las próximas entradas del Blog seguiremos tratando de entrevistar voces expertas que analicen el complejo panorama actual.

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