martes, 7 de marzo de 2017

Globalización: una tercera vía, estrecha pero ambiciosa, es posible

Ni proteccionismo, ni dejar-hacer...
Para Sylvain Guyoton -vicepresidente de investigación de “EcoVadis”, analistas expertos en Responsabilidad Social Corporativa- los legisladores y las ONGs deben exigir a las empresas respeto hacia las buenas prácticas medioambientales. 

En un artículo publicado en Le Monde el pasado 17 de febrero, Guyoton señala que desde hace 40 años las políticas que buscan contrarrestar los efectos negativos de la “desregulación económica” no han cesado de alternar entre el dejar-hacer y el proteccionismo. Algunos piensan que, para detener el dumping social y los perjuicios sobre el medioambiente, es preciso levantar barreras. Otros, por el contrario, preconizan liberar más aún el comercio transnacional, basándose en los excedentes de prosperidad para tratar los daños. Pero el proteccionismo y el ultraliberalismo son ambos ciegos. 
Uno favorece los actores de una nación, con el riesgo de apoyar a las empresas proponiendo productos más caros, o menos eficientes, sin que éstos sean necesariamente irreprochables. El otro no ve los estragos causados por las condiciones de trabajo medievales ni los infligidos al medio natural, espera la « mano invisible » del mercado, desgraciadamente ilusoria, como nos ha recordado la tragedia del Rana Plaza -edificio en Bangladesh de nueve plantas con talleres textiles, que se desplomó como una torre de papel en abril de 2013- donde más de 1.100 obreros perecieron.  
 
(Foto: millares de Bangladeses reunidos, el 24 de abril de 2016, para conmemorar el 3º aniversario de la "catástrofe de Dacca" que provocó, en 2013, en Savar, suburbio de la capital de Bangladesh, más de 1.100 muertos). MUNIR UZ ZAMAN / AFP
Entre estos dos tipos de ceguera emerge una tercera vía, estrecha, pero la única digna de perseguirse si esperamos contener las desviaciones taponando los desastres del nacionalismo económico o del capitalismo salvaje. La tercera vía es la ambición de ofrecer los mejores bienes asegurando modos de fabricación irreprochables. La tercera vía será posible integrando en la esencia de cada acto de compra el costo social de las mercancías, teniendo en cuenta externalidades negativas a lo largo de la cadena para que al final el consumidor se convierta en un ciudadano-consumidor, para que compre en conciencia. Pero esta nueva economía está enfrentada a un enorme desafío: faltan datos sobre las redes tentaculares del aprovisionamiento.

Felizmente, gracias a las organizaciones no gubernamentales que sensibilizan o denuncian, como Amnistía Internacional, sabemos hoy más sobre los resortes de la esclavitud moderna. Las nuevas tecnologías aportan también perspectivas prometedoras: smartphones preguntando a los trabajadores sobre su bienestar, drones controlando los compromisos en materia de no-deforestación, transacciones “blockchain” para certificar el origen de los comestibles, clasificaciones a base de inteligencia…  

Los legisladores se involucran en los países pobres como Bangladesh, tratando de establecer las condiciones de seguridad aceptables, así como en los países industrializados, al igual que las empresas de la Unión Europea que obliga a las firmas a dar cuenta de sus acciones para asegurar sus redes industriales. Pero es imprescindible ir más allá. El deber de vigilancia es un proteccionismo inteligente que separa el grano de la paja, que dirige a las empresas hacia un mejor posicionamiento social, cualquiera que sea su país de origen antes que fortalecerlas en sus prácticas discutibles.

El aumento de un neonacionalismo exacerbado al otro lado del Atlántico es de naturaleza contradictoria a lo que escribía Montesquieu: “el efecto natural del comercio es el de llevar a la paz”. Invirtamos la tendencia antes de que sea demasiado tarde. Ampliemos el deber de vigilancia al nivel europeo con el fin de construir una alternativa progresista ambiciosa.



miércoles, 8 de febrero de 2017

Todorov, el hombre desplazado, fallece en Paris

Escribo estas líneas en homenaje a Tzvetan Todorov, fallecido este martes en Paris, a modo de reflexión en tiempos revueltos para el pensamiento humanista que él tanto trabajó. Galardonado con el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2008, este filósofo, historiador y lingüista -nacido en Bulgaria, pero de nacionalidad francesa- estaba considerado uno de los grandes intelectuales europeos, por lo que conviene releer sus escritos y recordar sus ideas. Sobre todo en estos momentos en los que personas con tanto poder apoyan tantas barbaridades...

Todorov fue conocido primero por sus ensayos sobre literatura y a partir de los años 80, después de la caída del Muro de Berlín, por su consagración a la historia de las ideas, centrándose en el pensamiento humanista y escribiendo sobre el totalitarismo. Era un "pensador de la libertad" como ha señalado Sandrine Tolotti, ex redactora jefa del bimestral literario Books, del cual Todorov era miembro de su comité editorial.  

Como todo hombre desplazado -jugando con el título de su obra emblemática "El hombre desplazado", y como a él le gustaba calificarse- Todorov se distinguió por su espíritu inclasificable y su afición a traspasar fronteras entre disciplinas, escribió sobre él El País en una entrevista realizada en 2010Allí, decía Todorov“Cada individuo es multicultural. Las culturas no son islas monolíticas”, o Este miedo a los inmigrantes, al otro, a los bárbaros, será nuestro gran primer conflicto en el siglo XXI”. Premonitorio...


Estas ideas forman parte de su pensamiento, que explicó en el discurso de entrega de los Premios Príncipe de Asturias y resulta interesante traer a la memoria.
".... La globalización de la economía, por su parte, obliga a sus elites a estar presentes en todos los rincones del planeta y a los obreros a desplazarse allá donde puedan encontrar trabajo. La población de los países pobres intenta por todos los medios acceder a lo que considera el paraíso de los países industrializados, en busca de unas condiciones de vida dignas. Otros huyen de la violencia que asola sus países: guerras, dictaduras, persecuciones, actos terroristas. A todas esas razones que motivan los desplazamientos de las poblaciones se han sumado, desde hace algunos años, los efectos del calentamiento climático, de las sequías y de los ciclones que este conlleva... El siglo XXI se presenta como aquel en el que numerosos hombres y mujeres deberán abandonar su país de origen y adoptar, provisional o permanentemente, el estatus de extranjeroTodos los países establecen diferencias entre sus ciudadanos y aquellos que no lo son, es decir, justamente, los extranjeros.... Esto nos atañe a todos, porque el extranjero no sólo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia.
Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera. Nadie es definitivamente bárbaro o civilizado y cada cual es responsable de sus actos. Pero nosotros, que hoy recibimos este gran honor, tenemos la responsabilidad de dar un paso hacia un poco más de civilización."   Reflexionemos sobre ello.